Pocas cosas son más parisinas que la Torre Eiffel y la baguette, a pesar de que por la mañana ya no se ve a los franceses caminando con el pan bajo el brazo como antaño. Sin embargo, parece ser que la tan parisina baguette tuvo su origen en Viena (no es sorpresa porque los austríacos tienen una gran tradición panadera y repostera) y luego fue importada a la Ciudad Luz.

Los franceses la mejoraron durante el siglo XIX gracias a una ordenanza que prohibía a las panaderías trabajar antes de las cuatro de la mañana, motivo por el cual los panaderos necesitaban elaborar un panificado con tiempos de levado y cocción más cortos, lo que llevó a que la baguette se “estilice” ya que se hizo más delgada y de cocción rápida.

Como sea, la baguette no es sólo un pan de mesa, sino que se emplea en la confección de deliciosos sándwiches. Se los parte al medio y por lo general a la mitad, porque salvo que uno sea un titán hambriento, difícilmente se pueda comer una baguette de entre 65 a 70 cm. de largo y de 5 a 6 cm. de grosor, y luego se la rellena con lo que uno desee. Los franceses son amigos de emplear distintos tipos de quesos, como la baguette rellena con brie, aunque también le suelen poner productos como paté de campo y otras hierbas.

Acá somos más ortodoxos y por lo general las rellenamos con jamón crudo o cocido, queso de máquina o mozzarella, lechuga o rúcula, tomate, huevo, mayonesa o manteca. Algunos comensales más audaces le agregan pollo con mayonesa al curry, langostinos, guacamole, salmón ahumado.

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